Texto y foto Jorge Serratos
XALAPA, VER. — Para Miguel Ángel Rodríguez Vivanco, actual campeón estatal, regional y nacional en peso supermosca, la grandeza no se construye en gimnasios de lujo. “Lo importante es el compromiso y la disciplina de todos los días”, afirma con la seguridad de quien ha forjado su carrera a base de golpes y tenacidad.
El sueño de Miguel nació en un sillón, viendo las peleas de los sábados por la noche junto a su padre. Hoy, a los 31 años, esa meta infantil de levantar un cinturón mundial sigue intacta. Desde hace 14 años, su guía en este camino ha sido Martín Espinoza Sánchez, un entrenador xalapeño que ha consolidado talentos nacionales y que hoy comparte con Miguel una misión que va más allá del deporte: arrebatarle jóvenes a la delincuencia y a las drogas.

El ring de la historia
La acción para Miguel comienza puntualmente a las 19:30 horas en el gimnasio “Campeones Xalapeños, KNOCKOUT”. El escenario es cinematográfico: la ex fábrica de San Bruno. Entre muros desgastados por el tiempo, techos inexistentes y grafitis que dotan de color a las ruinas, una decena de jóvenes se ejercita en un sitio que respira historia. Fundada en 1840, la textilera fue testigo del sacrificio de los 12 obreros mártires que lucharon por derechos laborales; hoy, ese mismo suelo es testigo de otra lucha social.
Sin apoyos gubernamentales ni patrocinio empresarial, Martín y Miguel han levantado el gimnasio con sus propios recursos. Instalaron una estructura metálica para los sacos y ahorran para colocar un techo de lámina que los proteja de la intemperie xalapeña.

Boxeo contra los vicios
Martín Espinoza, cuya carrera en el boxeo inició en 1968, tiene una regla de oro: “Es complicado, pero no imposible. Aquí han llegado jóvenes con problemas graves de adicciones, desde alcohol hasta drogas duras. Lo primero que les digo es que para entrenar aquí, tienen que dejar los vicios. Si no, no hay lugar para ellos”.
Bajo la luz tenue que se filtra entre los muros, la jornada continúa. Miguel hace sombra, golpea el costal y finalmente sube al ring, ubicado en lo que alguna vez fue una habitación de la fábrica. Su rostro, empapado en sudor, refleja el esfuerzo de una jornada intensa.

Al preguntarle si tanto sacrificio vale la pena en un lugar sin lujos, Miguel sonríe con la mirada fija en su meta: “Es bueno soñar, pero es mucho mejor soñar despierto”.










